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B. SANZ PÉREZ ANAL. REAL ACAD. NAC. FARM.
2.1 Principales alimentos del Renacimiento
Muchos médicos renacentistas desconfiaron de la fruta simplemente
por seguir las enseñanzas de Galeno, quien había escrito que originaba
fiebre y que su padre llegó a centenario por haberse abstenido siempre de
ella. Llegó a afirmar que los higos secos daban origen a los piojos. Ideas
semejantes mantuvo el autor de Governayle of Helthe quien, según
Drummond y Wilbraham (1958), recomienda abstenerse de este alimento.
No obstante, la fruta podía emplearse con moderación, para reprimir la
flema de quienes tienen cólera en abundancia, dicho de otra forma, de-
terminadas frutas podrían emplearse en el tratamiento de enfermedades
caracterizadas por un exceso de calor y sequedad, como las fiebres. A las
mujeres lactantes se les advertía que si comían mucha fruta, sus hijos po-
drían morir víctimas de un flujo angustioso. Es muy probable que tal flujo
se tratase de una de las muchas diarreas infantiles del verano que entonces
causaban, como ahora en muchos países subdesarrollados, verdaderos
estragos entre los lactantes.
Ni durante la Edad Media, ni durante el Renacimiento se dispuso de
un buen método alternativo de la lactancia materna y aunque se hicieron
muchos intentos de sustituir la leche de mujer por la de cabra, vaca o as-
na, la mayor parte fracasaron por falta de higiene. La única alternativa
posible era contar con una buena ama de cría. A este respecto, eran mu-
chos los que creían que cuando el niño fuera adulto tendría unas caracte-
rísticas morales que dependerían de la leche ingerida en su lactancia; si el
ama era borracha, estúpida o de mal carácter, el lactante también lo sería
después, en época adulta, y si el niño tomaba leche que contuviera sangre,
con toda certeza sería asesino al alcanzar su madurez. De aquí que una
vez aprobadas las cualidades morales del ama se examinase con suma
atención y cuidado su leche. Según el Régimen de Salerno no debía ser
“ni espesa, ni gruesa, ni demasiado acuosa y delgada”. Tenía que carecer
de cualquier tonalidad obscura, azulada, rojiza o amarilla; según Phayre
(1550), todas ellas son antinaturales y demoníacas.
Cuentan Drummond y Wilbraham (1958) que Jacques Guillemeau,
cirujano de Enrique II de Francia, aconsejaba que las amas de cría se ali-
mentasen con hervidos recientes de hortalizas que careciesen de yerbas y
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