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MARIO SAPAG-HAGAR AN. R. ACAD. NAC. FARM.
mucho de verdad en aquello de que la Ciencia y el Humanismo han
de constituir un solo brazo en vez de un monolítico muro que separa
injustificadamente razón y sentimiento.
Al igual que en Pasteur, en no pocos hombres de ciencia coexis-
ten, sin mutua interferencia y sin implicación entre ellas, estas dos
formas de vida.
La verdad, más que cuestión de «explicaciones», lo es de «actitu-
des» profundas de las personas. Estar a favor de la verdad no signi-
fica poseer la verdad, sino más bien ir tras ella, buscarla, investigarla
y «dejarse poseer o estar poseído» por ella.
En la presente exposición deseamos reflexionar sobre algunos
aspectos esclarecedores del origen y evolución de la vida a partir de
lo inanimado hasta culminar en el hombre, valiéndonos de los apor-
tes de la física, la química, la bioquímica, la genética, la sociología,
la antropología y otras ramas de las ciencias del hombre.
De esta manera, aspiramos a llegar a una concepción coherente
de lo que es el hombre en conformidad con la ciencia de hoy hasta
alcanzar una posición que nos permita, con el tiempo, decir: Ecce
homo, pero desde una perspectiva distinta a la de Pilato. Éste, tras
haber hecho flagelar a Jesús, lo hizo adelantarse hasta el balcón
que daba sobre la plaza y gritó: «Ecce homo (he aquí al hombre)»
(Jn 19,5). La historia se encargaría de transcribir estas palabras, a la
vez misteriosas y proféticas de Pilato que, en realidad, iban mucho
más allá de lo que él mismo sospechaba pues, como bien lo ha dicho
José Martín Descalzo, cruzarían la historia como una profecía: Jesús
era verdaderamente hombre, el hombre verdadero, el de la dimen-
sión biológica impregnada de la consiguiente primera humanidad,
el primer hombre de la Humanidad nueva que sólo en él alcanzaría
toda su plenitud, la del hombre más humano, el Homo humanus,
que ya mencionamos. En ese instante Pilato no podía comprender
esa situación en toda su trascendente humanidad y en todo su dolor.
El Ecce homo constituiría, en Jesús, el motivo y símbolo del más
encendido amor y entrega a los demás; en cambio, en Pilato, llegaría
a ser el símbolo de la cobardía.
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