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MARIO SAPAG-HAGAR  AN. R. ACAD. NAC. FARM.

realidad misma. Ha quedado ampliamente demostrado, por el gran
número de biólogos y otros evolucionistas que apoyan activamente
a instituciones religiosas, que no hay ninguna inconsistencia entre
religión verdadera y creer en la evolución, como lo ha ratificado
recientemente el propio Vaticano.

    Estamos firmemente convencidos de que la natural inquietud de
la mente de los seres humanos es un estímulo interior que exige una
representación unificada y coherente tanto del mundo en general
como del mundo interior. La interacción del hombre con su medio
es un escenario en el que la presencia de Dios no debe ser motivo de
conflicto sino un punto de partida en que la conversión bidireccional
materia-energía y la admirable sucesión de las etapas evolutivas,
condujeron a la aparición de la mente humana que nos ha permitido
ir develando el maravilloso plan de esta evolución que decursa en
sucesivas etapas en las cuales fueron apareciendo progresivas for-
mas y materiales nuevos. Ha sido un largo caminar del hombre el
cual, gracias a su inteligencia, conciencia y curiosidad, ha ido cono-
ciendo esta interminable y prodigiosa secuencia evolutiva que lo ha
llevado a convertirse a sí mismo en objeto de investigación molecu-
lar a lo largo de una incesante búsqueda en cumplimiento del anhelo
socrático de conocerse a sí mismo (13). El asombro surge ante el
maravilloso plan gestador de la vida y de la conciencia propia, como
lo expresa John Austin Baker:

                  «Cuando consideramos la sencillez de alguna unidad fun-
              damental del universo, como el átomo de H, y el hecho de
              que su potencial para el cambio se limite, según parece, al
              ascenso o descenso de su nivel de energía y a la mayor o
              menor excitación de sus componentes, cuando reflexiona-
              mos en que con esto se hicieron el colibrí y la ballena, la
              mente de un Aristóteles y de un Einstein, la música de
              Händel y las palabras de Shakespeare, el David de Miguel
              Ángel y la valentía de los hombres buenos, ningún milagro
              ni portento despertará jamás en nosotros tanta admiración
              como la realidad del orden natural y el misterio del alma
              humana».

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