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B. SANZ PÉREZ  ANAL. REAL ACAD. NAC. FARM.

     Creían, asimismo, que todos los alimentos se componían de los cuatro
elementos citados y que su digestibilidad y valor nutritivo dependían ex-
clusivamente de sus correspondientes calidades. Pensaban, por ejemplo,
que la carne de cordero era muy húmeda y flemática y por lo tanto, no
recomendable para los ancianos cuyos estómagos se suponía que contení-
an demasiada flema. Clasificaban los alimentos atendiendo a los grados o
cantidades que poseían de las cuatro cualidades; por ejemplo, la lechuga
era fría y húmeda y las coles calientes en primer grado y secas en segun-
do. La dieta incluía no solo el conjunto de alimentos ingeridos, sino tam-
bién todas las medidas higiénicas y terapéuticas que debían observarse.
Sus conocimientos nutritivos se establecían mediante razonamientos lógi-
cos: Puesto que creían que los niños eran de complexión flemática, esto
es, húmeda y fría, era lógico que no pudieran alimentarse con productos
calientes y húmedos, como el vino y la carne, que calentaban y humedecí-
an demasiado el organismo. Afirmaban que con el transcurso del tiempo
los niños se hacían más sanguíneos o coléricos. Por ello, superados los 14
años, podían comer carnes con más sustancia, más frías y húmedas; tam-
bién les estaban permitidas las ensaladas de hortalizas frescas y el tomar
de tarde en tarde vino, a no ser que se le hubiera adicionado una cantidad
prudencial de agua en cuyo caso podía beberse a diario. En la ancianidad,
al disminuir el calor natural y la fuerza corporal, se recomendaban las
carnes calientes y húmedas. Como puede apreciarse esta doctrina era una
mezcla curiosa de observación, filosofía y empirismo.

     Como señala con acierto Rhodes (1985), los monjes de los monaste-
rios, que fueron de hecho casi los únicos estudiosos de la Edad Media, se
limitaron a copiar y conservar los trabajos de la antigüedad clásica, co-
mentándolos y corrigiéndolos en traducciones cuya veracidad no se mo-
lestaron en comprobar. Los escolásticos estaban convencidos de que todo
lo valioso ya había sido descubierto y ofrecido en los libros a la posteri-
dad. Creían que su deber consistía en aprender y explicar los libros anti-
guos, conservándolos más o menos intactos. De aquí la influencia de Ga-
leno cuya filosofía del cuerpo, de la muerte y del alma resultaba aceptable
para la Iglesia en desarrollo.

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